domingo, 15 de noviembre de 2009


LA VENTANA
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Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahi en medio del ruido y de la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.
Voy a contruir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar, y sólo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aún cuando este día parece propicio para descubri los terrenos insondables.
Voy a descubrir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras en demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.
De El cielo que me escribe (México 2002)
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ENSAYO SOBRE LA ROSA
Unas rosas, re-raras oh
Oscar Hahn
1
Busco siempre rosas raras para mis floreros de barro. Rosas que borren la tinta gris y los colores exagerados del cielo. Rosas que no lloren pero que sientan el vacío de los largos patios de la memoria, las puertas que se han cerrado y esperan una mano para volver a vivir. La lluvia nos moja sin saberlo, y la rosa piensa que tiene voz de oro, no sabe que es sonido de una sílaba incolora.
2
Los mirlos le carcomen su pecho colorado y siente y siente un dulce dolor inexplicable. La rosa de la ciudad es distinta a la rosa del campo. Una es mundana y le gusta la noche, los avisos luminosos y la gente que la mira con prisa. La otra es como la tinta verde de los geranios y conoce el cielo como su propia muerte. Por eso tal vez siempre busco rosas raras para mis floreros de arcilla: rosas más calladas, menos presuntuosas, rosas de bosque o de patio privado.
3
En una época fui repartidor de rosas. Llevaba belleza a las casas. Alegraba los corazones de la gente, y muchas veces vi prenderse las ilusiones tras las puertas y las ventanas. Algunas veces llevé rosas a los cementerios donde la muerte se confudía con la hermosura de la huerba. También traje rosas en floreros de barro, tal vez por eso me atraigan tanto las macetas, los tulipanes y los pistillos de Georgia.
4
Mi madre es una rosa llena de ríos. Hermosa curiodad su piel: una perfecta combinación de canela con miel, sólo comparable con los interminables campos de Chulucanas. Mi madre es una rosa de neventaiseís pétalos bien dispuestos por el algarrobo y el mango. Cada espacio en su lugar. La voz que entona canciones del novecientos y el corazón abierto como una manzana. Es la rosa más bella de mi jardín.
5
En otra época coleccioné una exquisita variedad de rosas. Mis hijas fueron las rosas más bellas de California. Las rosas no caen ni se mueren, en cambio, se levantan como un roble cuando quieren, son el sol y la sombra de cada día: la trenza de las niñas, el sol del ingrato azar.
6
A veces pienso en la rosa de Blake y su gozo carmesí, o en los mares interiores de la rosa de Rilke y sus cámaras ardientes respirando el orificio de una tarde vana. Aquí mi lámpara de hierro no sofoca mis inquietudes, ni la ceniza ni la piedra estropea mi fe. Más allá de todo están las rosas bermejas de Milton y de Borges rozándoles la cara mientras miran un cuadro del Bosco. Después de todo el camino es la piedra o la ceniza.
El florero nos suplica: déjame ver la ceniza, después la rosa.

Miguel Angel Zapata (Piura- Perú)
Estudio en la Universidad Mayor de San Marcos de Lima y obtuvo el doctorado en filosofía en la Washington University, Estados Unidos. En la actualidad reside en Long Island, Nueva York, donde se desempeña como profesor titular de literatura latinoamericana en la universidad de HOFSTRA. Ha publicado los siguientes libros: Luces de la memoria, El cielo que me escribe, Moradas de la voz, Notas sobre la Poesía Hispanoamericana Contemporánea, Escribir bajo la lluvia, Nueva poesía latinoamericana, Metáfora de la Experiencia, La poesía de Antonio Cisneros, Lumbre de la Letra, el bosque de los huesos, Antología de la Nueva Poesía Peruana, Mi cuervo anacoreta, Brookings Hall, El pesapalabras, Carlos Germán Belli ante la crítica, Poemas para violín y orquesta e Imágenes los juegos.

1 comentario:

Jorge Ampuero dijo...

Dos textos bien aderezados, yu, sobre todo el segundo, aunque sobre rosas de este tipo siempre saben mejor las de nuestro propio jardín.

Bendiciones...

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MI FE

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